¿Hacia un nuevo conspiracionismo?

Sección: 
Monográfico COVID-19 y pensamiento crítico

¿Hacia un nuevo conspiracionismo?

Javier Cavanilles
 

Con la llegada de Trump a la Casa Blanca y su particular manera de gobernar, algunos autores apostaron por hablar de un “nuevo conspiracionismo”, mucho más radical que el anterior y con elementos tan novedosos que permite distinguirlo de lo que había hasta la fecha. Esto y la llegada del coronavirus son un momento de tensión y de auge de las conspiraciones que permiten poner a prueba esa teoría

 

Publicado en abril de 2019, dos años después de la llegada de Donald Trump al poder, Russell Muirhead y Nancy L. Rosenblum defendían en su libro A lot of people are saying. The new conspiracism and the assault on Democracy (Princeton Univers. Press) una teoría que ha cobrado actualidad con la pandemia: ¿está mutando el fenómeno conspiranoico de manera tan radical que ha adquirido características estructurales nuevas? Profesores respectivamente del Darmouth College y la Universidad de Harvard, estos expertos en Ciencias Políticas defienden que sí, que en los últimos años el fenómeno ha ido sufriendo una profunda transformación que ha dado lugar a un nuevo ‘conspiracionismo’ con características diferenciadas como la aparición de ‘conspiraciones sin teoría’ frente a las clásicas ‘teorías de la conspiración’: una suerte de nuevo relato que solo busca confundir y entorpecer el debate, sin que exista un enemigo claro que lo provoque. La llegada al poder de Donald Trump primero —en un contexto de aumento del populismo a nivel mundial— y la pandemia de la covid-19 favorece un escenario, tan propicio como poco habitual, para analizar esta hipótesis.

El debate sobre la evolución de la conspiración no es nuevo. Autores que, en los últimos años, se han enfrentado al fenómeno como Jesse Walker, Michael Barkun, Thomas Milan Konda1 o Lance deHaven-Smith coinciden en señalar que ni siquiera la irrupción de internet modificó sustancialmente el fenómeno. Los australianos Emma A. Jane y Chris Fleming2 añadían que el incremento de mensajes conspiranoicos con la aparición de la red ha sido paralelo a la proliferación de las webs que se encargan de combatirlas, así que no hay nada nuevo bajo el sol. En definitiva, siguen totalmente vigentes las conclusiones del estudio de Josep E. Uscinski y Jospeh M. Parent3 sobre la evolución de los mensajes conspiranoicos que desde 1890 hasta 2012 parecen confirmar la tesis de que el fenómeno se ha mantenido inmutable a través de las décadas.

Frente a este consenso, Murihead y Rosemblum plantean que sí hay un “nuevo conspiracionismo” y que su principal característica no es su capacidad de deslegitimar —ese rasgo inherente a la conspiración— sino que la deslegitimación se ha convertido en su verdadero objetivo4 y no es, como antes, una consecuencia.

«El nuevo conspiracionismo asegura haber descubierto odiosos planes contra el orden constitucional, la base de la sociedad, los valores nacionales, y la identidad nacional —pero no con el fin de respaldar algún precepto constitucional o cuestión social—. Las acusaciones conspiranoicas aseguran que las instituciones, prácticas, políticas y cargos electos son malignos, pero qué habría que poner en su lugar no lo dicen. A lo mejor absolutamente nada. El nuevo conspiracionismo es el rostro de la negatividad. La deslegitimación es su producto».

Entre los elementos que los autores consideran que caracterizan el nuevo ‘conspiracionismo’, figuran elementos tradicionales (negativa a aceptar los hechos, rechazo a la opinión de los expertos y de los medios tradicionales) junto a otros más novedosos como la proliferación de las fake news. Ninguno de estos elementos es en si nuevo, aunque es cierto que nunca habían tenido tanta importancia como en los últimos años. Es la combinación de todos los elementos lo que crea una nueva situación que tiene tres características5

«Primero, en ausencia de una base común [para el debate], sin la posibilidad de contar con un conjunto de hechos compartidos, estándares de verificación y modos de argumentar, [de manera que] los motivos que sustentan una decisión se hacen ininteligibles (…). La segunda consecuencia del asalto de conspiracionismo al conocimiento es preparar el terreno para la aceptación popular de acciones extremas por los conspiracionistas en el poder (…) El conspiracionismo incluye un tercer asalto: la desorientación de los resultados por el bombardeo de sus fabulaciones».

No podemos perder de vista que Muirhead y Rosenblum publicaron su libro en 2019 y que su análisis no incluye ninguna de las conspiraciones nacidas a partir de coronavirus, de ahí que la situación creada por la pandemia pueda ser utilizada para poner a prueba su análisis.

 

Covid-19, la fiebre conspiranoica

La posibilidad de una pandemia provocada por un virus de origen animal pilló al mundo por sorpresa, aunque era de todo menos remota. De hecho, la única duda que existía era el cuándo. La gripe A o H1N1 (2009) o la crisis del Ébola (2014) fueron los primeros avisos serios de una eventualidad que ya fue anticipada, por ejemplo, por la administración Bush cuando, en 2005, publicó el documento Estrategia de seguridad Nacional para una pandemia de gripe, o por el Foro Económico Mundial en 2007 en un informe similar. En 2015, un informe del Consejo de Seguridad Británico situaba una “gripe pandémica” entre las principales amenazas para el país, lo que dio lugar tres años más tarde a un plan específico titulado Estrategia de seguridad biológica del Reino Unido. En España, un documento similar fue aprobado en 2017. Hasta el propio Bill Gates lo anunció en una charla TED en 2015, lo que muchos conspiranoicos han aprovechado para acusarle de ser él uno de los instigadores. En los últimos años, distintos libros de divulgación científica ya habían apuntado en esa dirección. Un planeta de virus (Capitán Swing, 2020), de Carl Zimmer, fue editado originalmente en 2011, antes incluso de que se produjeran las crisis del ébola y el MERS.

Pese a que la posibilidad de una pandemia era mucho más que una mera hipótesis, la inmensa mayoría de la humanidad (preocupada por cuestiones más perentorias) no lo tenía entre sus principales preocupaciones. De ahí que cuando se produjera, tampoco es de extrañar la aparición de todo tipo de teorías sobre las causas reales y consecuencias ocultas de la pandemia. Una conspiración mundial, si existía, bastante mal planeada ya que sus autores se olvidaron de incluir unas simples líneas de código en Google, Facebook, Twitter… que habrían impedido a los ‘despiertos’ alertar al resto de la humanidad.

En España, el día grande de los conspiranoicos llegó el 15 de agosto, cuando celebraron una manifestación multitudinaria en Madrid a la que acudieron cerca de 3.000 personas6. Como suele ocurrir, los convocantes tenían en común su rechazo a la versión oficial pero diferían en el motivo de su queja. Para algunos, la ‘Plandemia’ (en honor al documental del productor Mikki Willis que convirtió a la doctora negacionista Judy Mikovits en reina por un día de la conspiración) consistía en que el virus no existía y era una maniobra de poderes ocultos para imponer un Reseteo o un Nuevo Orden Mundial. También estaban divididos entre si la covid-19 era una farsa o existía pero se estaba exagerando su efecto real. Había dudas sobre si su origen era un laboratorio chino desde el que se había escapado el patógeno o lo habían dejado escapar, lo que no impedía a otros apoyar la tesis de que se creó artificialmente en laboratorios occidentales y enviado a China. Y, de telón de fondo, el papel que había jugado la red 5G en su difusión, y si todo no era más que un camelo para iniciar una campaña de vacunación obligatoria y ponernos a todos ‘chips satánicos’ para doblegarnos, como apuntó el fundador de la Universidad Católica de Murcia José Luis Mendoza7. Finalmente, una lista de posibles candidatos a estar detrás de la conspiración: desde el financiero George Soros, a Bill ‘Vil’ Gates, pasando por los Rothschild o, quién sabe, alguno de los trece linajes reptilianos. En definitiva, un único punto en común (existe una conspiración) y una amplia gama de teorías (o mezcla de ellas) para que cada asistente pudiera escoger la que más se adecuara a sus ideas preconcebidas.

La proliferación de teorías por parte de personajes de todo pelaje8 era tal que incluso el presentador Íker Jiménez fue objeto de la furia de parte de su parroquia por considerar real la amenaza del virus, aunque se mostrara partidario de que se trata de una patógeno cultivado en un laboratorio chino del que, probablemente, se escapó por error9. El presentador vitoriano tuvo incluso que aclarar que no era ni masón ni judío para evitar más críticas. Menos relevancia tuvo el editorial de Lorenzo Fernández, director de la revista Enigmas / Más Allá, del pasado octubre sumándose a la tesis de que el virus es auténtico y sus efectos, reales. Por su parte, el escritor Daniel Estulin —que se ha autoconvencido de que ha sido candidato al Nobel de la Paz y estuvo a punto de conseguir un premio Pulitzer— considera que el virus es una excusa que utilizan los financistas (que es como llama él a los financieros) internacionales para acabar con Trump, por su empeño por enfrentarse al Nuevo Orden Mundial. César Vidal (y, suponemos, el que le escribe los libros) habla en su programa de ‘el gran reseteo’, ese plan que están llevando a cabo los enemigos de Trump utilizando a Joe Biden como marioneta para imponer en Estados Unidos un régimen comunista. Por suerte, el investigador David Parcerisa10 intentó aportar un poco de sentido común al debate y planteó la posibilidad de que detrás de todo está una raza alienígena que se encuentra incluso por encima de los dracos, lo más malos entre los ya de por sí chungos reptilianos.

 

Coherencia incoherente

En contra de lo que pueda parecer, la unidad de acción de los grupos negacionistas de tan distinto pelaje—con sus expertos ad hoc como los ‘médicos por la verdad’11 o los firmantes de la Gran Declaración de Barrington12— tampoco constituye un fenómeno novedoso. El primero en advertir de la capacidad de atracción de las teorías conspiranoicas fue el sociólogo canadiense Ted Goertzel a principios de los años 80. Según él, una persona que asume una teoría de la conspiración es proclive a aceptar otras, aunque sean contradictorias. En 2012, los profesores Michal J. Wood, Karen M. Douglas y Robbie M. Sutton publicaron un famoso paper13 en el que analizaban este ‘sistema monológico de creencia’ y llegaban a la conclusión de que

«Cuando se presenta una nueva teoría conspiranoica, inmediatamente parece mucho más creíble porque encaja con este punto de vista férreamente sostenido y está en desacuerdo con la narrativa que cuenta con respaldo oficial. Estas creencias de orden superior pueden ser mantenidas con tal fuerza que cualquier narrativa que se oponga a la versión oficial tendrá cierto grado o apoyo o respaldo por alguien que mantenga un punto de vista conspiranoico incluso en el caso de que contradiga otras conspiraciones que considere creíbles»

Aunque hay puntos de estudio bastante cuestionables, y que quedan fuera de este artículo, lo importante es cómo destaca la existencia de ese “orden superior” en la creencia conspiranoica: no creen ni que el virus es un producto chino para empobrecer al mundo o si se escapó de un laboratorio, tampoco si detrás está soros o los reptilianos, en lo que creen realmente es en la conspiración, y adoptan cualquier argumento (por contradictorio que sea) que apoye una creencia, la suya, que tiene mucho de religiosa. Así, como hacen los seguidores de cualquier credo, cada uno construye un dios a su media. El dios de los creyentes del Opus Dei solo se parece al de los partidarios de la Teología de la Liberación en su condición de ser supremo; el resto es accesorio, de ahí que cada uno está plenamente convencido de que su interpretación es la correcta. Si hablan entre ellos de la existencia de su amigo invisible, no hay problema; si analizan lo que se espera de ellos, la discusión está asegurada.

Aunque la teoría de Goertzel ha sido respaldada por distintos estudios además del citado y sus seguidores, es un error fiar toda la explicación del fenómeno a las causas sicológicas. Cómo se ha construido el relato conspiranoico a través del tiempo también es importante para entender el fenómeno y, de paso, analizar la tesis propuesta por Murihead y Rosemblum.

 

El relato conspiranoico

La estructura del relato conspiranoico actual tiene una importante deuda con el movimiento contracultural americano de finales de los 60 y que explica cómo narrativas tan dispares sobre un mismo fenómenos pueden coexistir pero, sobre todo, explica la capacidad de mutación y el funcionamiento oportunista (es decir, de tomar elementos de cualquier narrativa) que tienen las nuevas teorías conspiranoicas. A partir, de los años 60, con el telón de fondo de los asesinatos de JFK, su hermano Robert, y Martin Luther King, y operaciones encubiertas de distinto origen y alcance (Operación Caos, Cointelpro, Mockinbrid, Minarte, MKUltra…), una reacción que cuestionara el modelo oficial de ‘democracia perfecta’ cultural era cuestión de tiempo. Si hay que destacar a alguien, todos los dedos señalan al periodista Paul Krassner (y su revista The Realist14 ) como uno de los grandes pioneros del género y el primero en borrar la línea entre ficción y realidad en lo que a conspiraciones se refiere.

The Realist fue una revista de periodicidad discontinua, de claro contenido político y un marcado mensaje antisistema que gozó de mucho reconocimiento en ambientes liberales underground gracias a las aportaciones de colaboradores como Henry Miller, Wally Wood, Ken Kesley o Timothy Leary). En en el número 74 (mayo, 1967) publicó Las partes que quedaron fuera del libro de Kennedy. El artículo, firmado por Krassner y con llamada en primera página, se hacía eco de la polémica entre el periodista William Manchester y Jacqueline Kennedy con motivo del libro La muerte del presidente (Harper & Row, 1967). Poco antes de publicarse, la exprimera dama se desdijo de su promesa inicial y obligó al autor a retirar algunos pasajes antes de autorizar su publicación. Manchester accedió, lo que provocó un debate en los medios de la época. Aprovechando el tirón del caso, Krassner se inventó —literalmente—algunos de los trozos eliminados. El más famosos era el que decía que Lyndon B. Johnson penetró la herida de la garganta de JFK para hacer pasar la herida de salida de una bala por otra de entrada. Krassner en ningún momento pretendió que la anédota fuera cierta, pero tampoco dijo nada que indujera a pensar lo contraria. Así, fue dada por cierta durante años incluso por otros investigadores. Según explica el periodista Jesse Walker15 esa mezcla de verdad y mentira, no como engaño sino como juego, fue una práctica que pronto se extendió entre las publicaciones más underground y que dejó joyas como Cover-Up Lowdown (Ripp Off Press, 1975) de Paul Mavrides (dibujante de los Freak Brothers y fundador de la Iglesia de los sub-genios) y Jay Kinney, un apasionado del esoterismo occidental. Con el tiempo, su herencia se pudo ver en revistas como Weekly World News o The Sun (no confundir con su homónimo británica) cuyo efecto en el discurso conspiranoico no se debería desdeñar.

El mismo año que nace The Realist (1957), Greg Hill ( Malaclypse el Joven) y Kerry Wendell Thornley (Omar Khayyam Ravenhurst) fundan un religión satírica, el discordianismo, cuya máxima deidad es Eris, la reina grecorromana de la discordia y el caos. Un dato curioso es que las primeras copias de su texto fundacional, Principia Discordia, fueron fotocopiadas en secreto en el despacho de Jim Garrison, fiscal del caso JFK, por uno de sus colaboradores. Antes de convertirse en la semilla de la que nacieron movimientos como la Iglesia de los sub-genios o la Magia de caos, el discordianismo dio lugar a la Operación Mindfuck. Se trata de una ‘guerrilla cultural’ sin la cual es imposible entender el funcionamiento por acumulación del pensamiento conspiranoico actual.

Operación Mindfuck consiste única y exclusivamente en crear confusión per se y forzar una realidad donde los conceptos de verdad o mentira no existen, son solo puntos de vista. La estrategia incluye desde enviar cientos de cartas a una cadena de televisión para quejarse de un programa sin explicar el motivo de su malestar, a aprovechar las secciones de correo con los lectores de algunos medios para difundir teorías de lo más disparatado. Entre sus miembros destacó el escritor Robert Anton Wilson quien, como responsable de las misivas que recibía la revista Playboy aprovechó para colar algunas de estas bromas. Otras de las marcas de la casa era enviar anónimos acusando a todo el mundo (del presidente para abajo) de ser miembro de los Iluminati. Anton Wilson, junto a Robert Shea, fue el encargado de escribir la gran contribución del discordianismo a la historia de la conspiración: la trilogía Illuminatus! (1975, Dell Publishing), que se publicitó como “un cuento de hadas para paranoicos”.

Así, la herencia (totalmente vigente) de la conspiranoia actual es doble: como relato y como estrategia para difundirse. Los ejemplos están a la vista, sobre todo por cómo ha ido actuando la ultraderecha en los últimos meses para crear el máximo de confusión y tensión para presionar al Gobierno. En la manifestación conspiranoica del 15 de agosto en Madrid, se hicieron virales varios vídeos de Miguel Bosé animando a participar y a sumarse a la resistencia contra el régimen semidictatorial de Pedro Sánchez (mientras él descansaba en su casa de México a salvo de posibles multas). Un hecho que pasó prácticamente desapercibido es la instrumentalización que hizo la ultraderecha de los mismos. Como explicó en un genial hilo de twitter el activista contra la desinformación digital Julián Macías Tovar16 , cuentas automatizadas de extrema derecha fueron responsables, en gran parte, de la difusión de sus mensajes.

La estrategia de utilizar cualquiera arma contra el grupo contra el que se quiere actuar —y que puso de moda Steve Banon, exasesor de Trump — puede tener el efecto corrosivo en una democracia que describen Muirhead y Rosenblum en su libro, pero no tiene nada de novedoso. Otro ejemplo tuvo lugar con la campaña, también auspiciada por la ultraderecha, con motivo del acto para recordar a las víctimas del 16 de junio. La red se vio inundada de mensajes que calificaban de ritual masónico o satanista la ceremonia de estado, la primera totalmente laica desde la instauración de la democracia. Como en la Operación Mindfuck, el único objetivo fue crear un marco de confusión en el que la verdad de los hechos ni estaba ni se les esperaba.

 

La conspiración benevolente o la pronoia

La llegada de Trump a la Casa Blanca supuso, sin duda, un hito en la historia de la conspiración casi como lo fue en su día el 11S. Aunque probablemente las primeras acusaciones cruzadas de juego sucio entre aspirantes al gobierno de EEU para hacerse con el poder daten de finales del siglo XVIII, ningún presidente había optado al título de Conspirador en Jefe al llegar al poder. Un cargo al que, por cierto, sacó todo el jugo que pudo con la llegada de la covid-19, a la que bautizó como ‘peste china’ y acusó de ser parte de la estrategia de Pekín para socavar la economía americana. Esto, lógicamente, ha influido en el relato conspiranoico, pero ¿tanto como para considerarlo una característica del ‘nuevo conspiracionismo’?

El discurso conspiranoico de Trump tienen una larga tradición en la política americana. Tras la II Guerra Mundial, el anticomunismo propio de la Guerra Fría (que no era per se irracional) se plasmó en un discurso que sí lo era, como en el caso del MacCarthismo (que denunciaba la existencia de una infiltración masiva de 'rojos' en el Departamento de Estado). Pero el tristemente célebre senador Joseph McCarthy fue un modesto aficionado con Robert Welch Jr. y su John Birtch Society (fundada en 1958), que defendía (y defiende) que todos los gobiernos posteriores a la II Guerra Mundial estaban dominados por agentes a sueldo de Moscú siendo, según aseguraba, el comunismo el último escalón de los Iluminati para conquistar el mundo17.

Pronto, a la lista se irán añadiendo el grupo Bilderberg, la Trilateral o el Council on Foreing Policy (CFR). De las filas de la sociedad John Birch saldrá el gran enemigo de la extrema derecha americana de las últimas décadas: el shadow government (gobierno en la sombra), pocos hicieron tanto por difundir como Gary Allen y Larry Abraham en su clásico None Dare Call It Conspiracy (Concord press, 1972). La idea de que el verdadero poder no estaba en la Casa Blanca no era patrimonio de la extrema derecha, pero la diferencia es que otros libros que cuestionaban desde la izquierda el modelo democrático imperante en EEUU — The power elite18, The invisble government19 o Who rules America20— se basaban en hecho reales.

La llegada de Trump marca una diferencia con ambos discursos (gobierno en la sombra vs. Plutocracia) con la aparición del deep state (Estado Profundo), un concepto también antiguo pero que ha cobrado nuevo significado y que marca una profunda diferencia con teorías anteriores. El ‘gobierno en la sombra’ está por encima del poder del presidente y lo controla desde fuera pero el ‘estado profundo’ —establecido presuntamente por Obama y con apoyo de ‘Killary’ Clinton—parasita las estructuras del estado. El deep state, es innegable, tenía elementos de verdad como demostró el libro A warning (Twelve, 2019), escrito por un funcionario anónimo próximo a la Casa Blanca, que aseguraba —y celebraba— que algunos altos cargos se habían confabulado para frenar las acciones políticas del presidente21 . Pero lo importante es que en el deep state el relato cambia, y ya no se habla de una lucha de los ciudadanos (víctimas) contra el poder (verdugo) para salvar la democracia, sino que esta lucha la capitanea el poder ejecutivo (el verdugo se convierte en salvador). Los ciudadanos han dejado de ser el motor de la batalla, aunque están llamados a tomar parte de ella para no perder el protagonismo.

Estamos ante un raro caso de pronoia o conspiración benevolente en el que el poder no es el origen de la conspiración sino el remedio. Es difícil no pensar en las palabras de Karl Popper22 cuando destacaba la «tendencia, en general, de toda tiranía a justificar su existencia presentándose como salvadora del Estado (o del pueblo) frente a sus enemigos, tendencia que debe conducir, forzosamente, a crear o inventar nuevos enemigos cuando los viejos han sido sometidos». Hitler y los judíos, Franco y los masones, Stalin y los burgueses o Pol Pot y los intelectuales. Encontrar ejemplos de enemigos imaginarios en los regímenes autoritarios es tarea sencilla, pero no tanto en las democracias. Esto, sin duda constituye una diferencia con otros movimientos conspiranoicos (por ejemplo, los truthers o buscadores de la verdad que se enfrentaron a Busch tras el 11S) y que puede servir de argumento en favor de la tesis del ‘nuevo conspiracionismo’. Este nuevo relato ha propiciado la aparición un movimiento, conocido como QAnon, que se nutre de otros ya existentes (como las milicias, el Tea Party, los Sovereign Citizens, los Oath Keepers…) pero que han asumido una importancia antes no vista en el milieu conspiranoico. El objetivo ya no es volar otro edifico Murrah, como hizo Timothy McVeigh en 1995, ahora los enemigos son los liberales, los antifascistas, las feministas, los Black life matters… En definitiva, los vecinos de la puerta de al lado que no piensan como ellos.

 

Q Anon, los camisas pardas de Trump

La tendencia hacia el autoritarismo de Trump se ha visto reflejada en el movimiento conocido como Q Anon, y cuyos símbolos se han visto en protestas fuera de EEUU como Alemania (en el asalto al Parlamento por parte de neonazis)23, Francia, Inglaterra o España. La ‘Q’ se refiere a una acreditación del departamento de Energía que permite tener acceso a información confidencial y ‘anon’ es como se conoce a sus seguidores. Técnicamente, el movimiento Q Anon tiene fecha de nacimiento. El primer drop o breadcrumb (así se conocen sus mensajes) apareció en la red 4Chan en octubre de 2017.

El movimiento Q Anon —que el FBI considera una amenaza terrorista24 y goza del apoyo del presidente Trump— es interesante por varios motivos, pero ninguno de ellos es por constituir una novedad. La figura del insider que decide hablar de manera anónima es un clásico del milieu conspiranoico, y la ausencia de pruebas (no solo de lo que dice, sino de su mera existencia) no es obstáculo para ir acumulando seguidores. En noviembre de 2000, en una web que todavía estaba en pañales, empezaron a aparecer en aquellos viejos tablones de anuncios conocidos como BBS que ya empezaban a caer en deshuso, mensajes de John Titor, quien se presentaba como un militar que había viajado al pasado desde 2036 y, gracias a unas predicciones suficientemente vagas como para encajar en casi cualquier cosa, gozó de cierto predicamento durante varios años. Más recientemente, y sin ánimo de ser exhaustivos, se puede señalar que en el ámbito de la exopolítica han ido apareciendo personajes como El Comandante X, el Capitán Kaye (miembro de la Fuerza de Defensa de la Tierra)25, o el Comandante Adama (representante de la Tierra de la Federación Galáctica de Luz)26, y cuyo nombre coincidía casualmente con el de uno de los protagonistas de la serie Galática.

Pero ‘Q’ tampoco es exactamente una novedad27. En 2006 se dio a conocer el primero de los presuntos agentes de inteligencia: FBIanon. Según explicó este “analista de alto nivel y estratega” poseía información muy interesante sobre la Fundación Clinton (información que aún está por publicarse, si es que existió). El siguiente en aparecer fue HLIanon (siglas de ‘High Level Insider’) —quien difundió la teoría de que mataron a Lady Di porque tenía información sensible sobre el 11S y trató de impedirlo—, y más tarde CIA Anon, CIA Intern y WH Insider. Si Q triunfó donde otros habían fallado fue por varios motivos. El primero, por la intervención de dos moderadores del foro empezaron a atraer a más usuarios al hilo, y se pusieron en contacto con Tracy Diaz, una joven ultraderechista con un blog y un canal de youtube, que había demostrado cierta actividad siguiendo el caso del Pizzagate28. Su vídeo (Who is QAnon?), del 2 de agosto de 2018 supuso el despegue oficial del movimiento. En España, el más conocido apóstol de este movimiento racista y ultadrechista es Iker Jiménez29, aunque cuenta con apoyo de prácticamente toda la parroquia conspiranoica.

El segundo motivo del éxito de Q es que llovía sobre mojado. El éxito de Trump para llegar a la Casa Blanca tras imponerse a ‘Hitlary’ Clinton, es haber derrotado al Partido Republicano, en el que era un auténtico outsider. En el mundo de la conspiranoia extrema, al presidente de EEUU se le considera un ‘sombrero blanco’, una especie de profeta de la Hermandad de los Dragones Blancos (de origen chino)30, la sociedad secreta más activa en la lucha contra los Iluminati (a la sazón, pedófilos y satánicos). A este telón de fondo se añade el relato de la lucha a muerte contra el llamado deep state. La suma de ambas teorías explica en parte la capacidad que ha tenido el movimiento Q Anon de penetrar en distintas narrativas conspiranoicas, desde los movimientos de supremacistas blancos hasta los supervivientes de la Nueva Era, pasando por el loco mundo de los evangelistas cristianos.

Precisamente, a estos les debe mucho el movimiento Q Anon. Sus seguidores creen en The Storm (la tormenta), el momento en el que ‘Killary’ Clinton y los rostros más visibles del deep state sean detenidos y, tras unos enfrentamientos de duración incierta llegará The Great Awakening (el gran despertar), una especie de renacimiento de EEUU liderado por Trump. Por supuesto, es fácil ver la deuda con el imaginario evangélico popularizado en el siglo XIX por el pastor angloirlandés John Nelson Darby (1800-1882)31. Se trata de una cosmología —en la que ni los propios evangelistas se ponen de acuerdo— y cuya versión más extendida incluye el ‘Rapto’ o ‘Arrebatamiento’ (los verdaderos creyentes ascenderán al cielo como en una abducción extraterrestre o asunción mariana) y será seguido de una gran lucha (Tribulación) entre los cristianos que se quedan en la Tierra (left-behinds) y las fuerzas demoníacas. Una confrontación que acabará con la Segunda Venida de Cristo y un reinado de mil años.

Un dato interesante es que primero con el Pizzagate y luego Q Anon, la conspiranoia ha introducido un elemento que, sin duda, ha llegado para quedarse y que es lo que el historiador y periodista valenciano Carlos Xavier Senso ha calificado como “ludificación de la violencia”32. Internet convirtió a muchos adictos a las conspiraciones en ‘investigadores’, eufemismo con el que se describe al que dedica horas y horas a ver videos de youtube que dicen lo mismo (o algo peor) que otros sobre los mismos temas. El Pizzagate nace con el robo de miles de correos del partido demócrata por parte de hackers rusos que, los ‘investigadores’ pudieron analizar con tiempo hasta encontrar lo que querían: una red de pederastas que utilizaba la palabra pizza y sus derivados como claves. Q Anon va más allá ya que sus mensajes, siempre crípticos y á la Nostradamus, son analizados por miles de personas con el fin de descifrarlos, como ocurre con los tuits de Trump (hasta las erratas o faltas de ortografía dan lugar a interpretaciones ya que pueden ser la clave que anuncie la tormenta). A esto se suman los crímenes “en busca de likes” (Senso dixit), que consiste en grabar videos y subirlos a las redes sociales, no solo de las intenciones de cometer un crimen sino del propio crimen (como ocurrió, por ejemplo, con el asesinato de Walter Lübcke en Alemania).

 

Satán te ama

Uno de los elementos fundamentales de la conspiración de Q Anon es la existencia de una red global de satanistas pederastas que, además de abusar de menores, se bebe su sangre para mejorar su estado físico con el adrenocromo33, sin que a día de hoy esté claro si este derivado de la adrenalina que metaboliza el cuerpo en situaciones de miedo o gran estrés sea una nueva fuente de la eterna juventud o una simple droga con efectos lisérgicos. No hace falta estar muy versado en la historia de la conspiración para ver ecos de teorías antisemitas del famoso libelo de sangre34.

Pero sin necesidad de remontarse a la Biblia o la Edad Media, el mito tiene un origen más reciente, y que ha ido moldeándose a través de los años hasta adaptarse a la narrativa actual. Una prueba más a favor de los que sostienen que el nuevo conspiracionismo tiene más de lo segundo que de lo primero. La presencia del satanismo en la ecuación conspiranoica no se entiende sin la figura de John Todd que, en 1968, comenzó a labrarse un nombre en el circuito evangélico al asegurar que había nacido en una familia de brujos. Sacerdote experto en Magia Negra, aseguraba que incluso había sido consejero de JFK. Sus teorías en las que vinculaba el satanismo con los Iluminatis siguen vigentes hoy en día y, aunque su nombre ha caído en el olvido, su mensaje ultraderechista llegó a millones de personas a través de los comics del dibujante Jack Chick35 (que aún hoy se siguen publicando).

Aficionado a dar misa con pistola, expulsado del ejército por problemas mentales y abusar de las drogas, y encarcelado por violar a una menor son solo algunos de los hitos de una carrera, la de Todd, que inauguró un género fundamental en lore conspiranoico: el testimonio personal basado en hechos que jamás ocurrieron. La lista (ni mucho menos exhaustiva) incluye, por ejemplo, a Michelle Smith cuya falsa autobiografía Michelle Remeber (Pocket Books, 1980) fue la chispa que inició el pánico satánico de los 80, o a Laurel Rose Willson, que cuando se descubrió que su libro Satan's Underground (Pelican Pub Co, 1991) era un cúmulo de mentiras, se cambió el nombre por el de Laura Grabowski y pasó de víctima del Maligno a hacer caja con su nueva personalidad de judía superviviente de Auschwitz-Birkenau.

Pero la relación no puede estar completa sin citar la reformulación de Cathy O'Brien, autora de Trance Formation of América (Reality Marketing, 1995), quien introdujo el elemento político en la narrativa satánica: según se inventó, había sido una víctima de Proyecto Monarch (un spin off del proyecto MK Ultra). Allí nació el mito de una elite satanista dentro del gobierno, con gran presencia en Hollywood. Menos conocida, pero en la misma línea, está su compañera Brice Taylor que fue esclava sexual de Henry Kissinger y del humorista Bob Hope, según narra en su delirante Thanks For The Memories (Brice Taylor Trust, 1999). Se podría hacer un ejercicio similar de investigación histórica sobre la mayoría de elementos que componen el actual paradigma conspiranoico, y en prácticamente todos los casos veríamos que hay más de aggiornamento de viejas narrativas que aparición de nuevas.

 

¿Un nuevo conspiracionismo o más de lo mismo?

Aunque A lot of people are saying es un excelente diagnóstico de la situación política de Estados Unidos tras la llegada de Trump y la Casa Blanca y de cómo ese virus oportunista que es la conspiración ha sabido adaptarse a esa nueva realidad, Muirhead y Rosenblum fracasan en su intento de demostrar la existencia de un “nuevo conspiracionismo”. No hay una sola narrativa, característica o estrategia que no se pueda remontar durante décadas en el tiempo. Lo que sí hay es el fenómeno propio como corresponden a cada momento, y más en un contexto de máxima polarización de la sociedad americana.

Si «las emociones negativas explican por qué la conspiración florece en a raíz de situaciones de crisis sociales», por citar al psicólogo holandés Jan-Willem van Prooijen36, podemos utilizar como referencia a la covid-19 para ver si existen diferencias sustanciales entre la llegada de Trump al poder y la pandemia, y cómo ha afectado en EEUU y en España. La conclusión es que lo ha hecho siguiendo patrones ya conocidos. Y como uno de esos patrones es, precisamente, su capacidad de adaptarse a una realidad cambiante, se puede hablar de una nueva manifestación del “viejo conspiracionismo” que se ha hecho visible con modos distintos a los de crisis anteriores, pero explicables por la nueva realidad.

En definitiva, las adaptaciones de la conspiración son consecuencia pero no causa de un momento de máxima polarización en EEUU, con un presidente con índices de popularidad tan altos como los de rechazo, y que llegó al cargo con tres millones menos de votos que su oponente. El papel que juega la ultraderecha en el fenómeno, tampoco constituye una novedad aunque sí sea una tendencia cada vez más acusada, pero una vez más el recurso a la conspiración como arma de desestabilización está provocada, y no al revés, por el incremento de la extrema derecha a nivel global37 y la tibia respuesta por parte de las autoridades. La covid-19 ha añadido más leña al fuego, pero tampoco ha supuesto ningún cambio

1 Conspiracies of conspiracies. University of Chicago Press, 2019.

2 Modern conspiracy. The importance of being paranoid. Bloomsbury, 2014

3 American conspiracy theories. Oxford University Press, 2014. Cap. 3 (p. 54) Where our facts come from

4 A lot of people are saying. Pág. 58

5 A lot of people are saying. Pág. 120 - 121

13 Dead and Alive: Beliefs in Contradictory Conspiracy Theories. Social Psychological and Personality Science (January 2012)

15 The United States of Paranoia. Págs 227-229. Harper Pernial, 2013

17The Truth in Time. Robert Welch. American Opinion. (Nov. 1966)

18 Charles Wright Mills. Oxfrod Universty Press, 1956

19 Thomas B. Ross y David Wise. John Cape, 1964

20 G. William Domhoff. Prentice-Hall, 1967

22 La sociedad abierta y sus enemigos. Pág 198. Paidós, 2010

32 Fasciscmo mainstream. Págs.150-158. Carles Senso. Autoeditado, 2020

35 Jack Chick - The Cartoonist Who Terrified Sinners Into Seeing The Light. Fortean Times #389 (febrero 2020)

36 The psychology o Conspiracy Theories. Pág. 82. Jan-Willem Van Prooijen. Routledge, 2018