El riesgo sobre la conspiranoia

Enviado por admindrupal el Mié, 16/11/2022 - 12:33
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ESPECIAL CONSPIRACIONES
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El riesgo sobre la

conspiranoia
Álvaro Bayón
ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico

El pensamiento conspiranoico:
una forma de pensamiento mágico aplicado a los sistemas sociales

E

n su libro Por qué creemos en mierdas, Ramón Nogueras1 dedica un capítulo entero a
la conspiranoia, esas creencias que engloban
grandes elucubraciones (que no teorías) de la
conspiración, según las cuales todo o parte de lo que
sucede en el mundo está en realidad cuidadosamente
medido y controlado por alguna élite global, ya sean
los illuminati, los masones, los judíos, los jesuitas, los
reptilianos que viven en centro de la tierra hueca, o
bien una contradictoria mezcla de algunos de estos
grupos con otros. El límite solo está en la imaginación
del conspiranoico de turno. La gente que cree que
las fuerzas del mal, a través de la vacunación, quiere controlarnos «con un chis» no es distinta a la que
cree que la llegada a la Luna fue todo un montaje de
Stanley Kubric, la que cree que el atentado del 11 de
septiembre fue provocado por los Estados Unidos y
no hubo aviones involucrados, o la que cree que en la
Alemania del Tercer Reich no hubo ningún genocidio;
la que cree que la Tierra es plana y está cubierta por
un domo de algo parecido al zafiro; la que cree que los
nazis tienen bases militares secretas en la cara oculta de la Luna, la que cree que la actual pandemia de
SARS-COV-2 está provocada por un virus creado en
un laboratorio (o que ni siquiera existe el virus, o, más
allá, que ni siquiera existe la pandemia), o la que cree
que la nieve es de plástico. Todos tienen lo mismo en
común: creen, en palabras del propio Nogueras, que
«una o más fuerzas malignas y secretas de una clase
y otra lo controlan todo en secreto», y están detrás de
un «nuevo orden mundial».
el escéptico 22

Uno, que aún es joven, ha visto —y discutido—
con multitud de personajes de lo más variopinto, que
defendían teorías de lo más locas. En una ocasión
un hombre me dijo que la llegada a la Luna en 1969
había sido imposible porque no existía la tecnología
para llegar hasta allí, y cuando, rato después en la
conversación, le expliqué cómo funcionaba la radiogoniometría y por qué los soviéticos sabían que las
emisiones de las misiones Apolo venían de la Luna
y no de otro sitio, y que por tanto, no se la estaban
colando, me contestó que seguro que tenían algún tipo
de tecnología secreta que pudiera hacer que se emitieran cosas desde la Luna para engañar a los soviéticos.
No fue consciente de la contradicción que había en su
argumentación, tal vez porque habían pasado más de
diez minutos desde que él dijera que estaban tecnológicamente demasiado atrasados, así que tuve que indicárselo. «¡Claro que tenían una tecnología para emitir
señales desde la Luna!», le dije yo. «La que llevaron
Michael Collins, Edwin Aldrin y Neil Armstrong en el
Apolo 11». No negaré que disfruté al mostrarle la disonancia cognitiva que confrontaba la imposibilidad
de llegar a la Luna por no tener tecnología suficiente
con la posibilidad de disponer de tecnología supersecreta y superavanzada para hacer algo que hubiera
sido más difícil.
En mis pocos años de vida —no llevo más de 15 o
16 años metido en esto de discutir bulos y conspiranoias— he conocido desde gente que creía que el virus
del VIH eran naves espaciales con gente dentro —sometidos a un proceso de miniaturización, al más puro
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Foto de Lukas en Pexels

estilo Innerspace— hasta personas que creían en cuatro astrologías distintas a la vez (la celta, la china, la
mesopotámica y la maya), pero no sabían nada sobre
la numerología. Recuerdo nítidamente aquella conversación en concreto. No negaré que también aquella
vez disfruté haciendo con ella un ejercicio bastante
sencillo de numerología, usando solo un poquito de
efecto Forer y lectura fría, que dejó a mi interlocutora
con la boca abierta. Le pregunté su nombre, su fecha
de nacimiento y algún dato más, eché varias cuentas
inventadas en un papel y de allí saqué varios números.
No recuerdo ya cuáles eran, pero tanto daba, me lo estaba inventando todo. Al final le dije algo como esto;
hablo de memoria y los números me los invento, pero
venía siendo algo así:
«Que aparezca el cuatro, que es el número de la
espiritualidad, en tu fecha de nacimiento, me indica
que eres una persona profundamente espiritual, que
considera que hay mucho más en el mundo aparte
de lo que se puede ver, tienes unas creencias firmes
y unas convicciones claras. El número 6 de la duda
aparece en tu segundo apellido, eso significa que,
aunque a veces te planteas si estás equivocada, terminas buscando la solución. El número 8 en tu nombre
propio me dice que no te fías de los métodos oficiales
y acudes siempre que puedes a opciones alternativas.
Que aparezca el número 7 en varios lugares distintos
me dice, además, que confías en los conocimientos
ancestrales sin importar de donde vengan. Y te diría
además… que comes solo comida ecológica».
Acerté en todo. No era difícil. Pero es que todo
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eso me lo había dicho ella antes, o lo había deducido
a partir de cosas que me había dicho ella antes. Era
MUY obvio que era una burda manipulación. Muy
burda. Fue en esa ocasión cuando pude ver con mis
propios ojos un ejemplo vivo de aquello que tantas
veces había oído, y que tan bien expresa Luis Alfonso Gámez en El peligro de creer2: «Cuando alguien
suspende el espíritu crítico ante banalidades como la
güija o la telequinesia, es más fácil que también lo
haga ante afirmaciones peligrosas, como que el VIH
no causa el sida y que las vacunas causan autismo».
A aquella mujer, tras dejarla ojiplática con un conocimiento profundo acerca de sus mayores secretos,
que en realidad no había sido más que devolverle
edulcorada toda la información sobre ella misma que
me había dado previamente, mezclada con algunas
deducciones lógicas y un puñado de afirmaciones vagas y generales disfrazadas de concretas y precisas, le
dije que todo lo que le había dicho era mentira.
Por algún motivo, yo pensaba, en mi dulce inocencia, que si le demostraba que era capaz de engañarla
con algo tan burdo y evidente como decirle a alguien
que creía en cuatro horóscopos distintos a la vez (incluso aunque fueran contradictorios) eso de «confías
en los conocimientos ancestrales sin importar de donde vengan», podría plantar la semilla de la duda en
ella. Pero me temo que no lo conseguí. Se fue convencida de que yo podía hacer algún tipo de magia adivinatoria con los números, y que solo estaba intentando
decirle que era mentira para no contarle mi oscuro y
mágico secreto. Vamos, una conspiración.
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Hay un aspecto que llama particularmente la atención, y es que el tipo de pensamiento mágico que hay
tras las elucubraciones conspirativas establece un escenario que, en realidad, es absolutamente irreal. La
base de las elucubraciones conspirativas es que todos
los sucesos sociales están cuidadosamente medidos
por algún tipo de élite, ya sea un grupo de reptilianos,
un filántropo capitalista, un lobby inexistente o, yo
qué sé, Hollywood. En ocasiones, las conspiraciones
que plantean requieren cientos, miles o millones de
personas y, por supuesto, que todas ellas funcionen de
forma coordinada sin que nadie se vaya de la lengua.
Conciben un escenario idealista de la sociedad como
si todo funcionase perfectamente, con la precisión de
un reloj suizo, y que tras ella hay un relojero dándole
cuerda y engrasando los engranajes y un montón de
gente que conoce ese reloj y no dice nada.
La realidad es muy distinta. Las conspiraciones
reales, que las ha habido y seguro que hay, cuantas
menos personas las conocen, más éxito tienen. The
Pierces dicen en su canción «Secret» que «dos pueden
guardar un secreto si uno de ellos está muerto». Una
conspiración que requiera de la perfecta coordinación
de todos los científicos del mundo para ocultar una
supuesta milagrosa cura contra el cáncer, o que los dinosaurios no existen, se desmoronaba en el momento
en que un puñado de ellos abriese la boca y enseñase
las pruebas —que de ser cierto, las habría—. Cada
persona es un mundo con sus particularidades, y las
interacciones entre esas personas conforman un ecosistema extraordinariamente complejo, dinámico, que
sí, puede tener tendencias definidas, pero que desde
luego no obedece a esa idea de coordinación perfecta
que los elucubracionistas de la conspiración conciben.
Vamos, que el pensamiento conspiranoico no es
más que una forma de pensamiento mágico aplicado a
los sistemas sociales.
Recientemente, la investigadora Karen M. Douglas, de la Universidad de Kent3, publicó un muy interesante artículo en el Spanish Journal of Psychology.
En él nos explica que si bien se conocen bastante bien
los fundamentos psicológicos que subyacen tras las

creencias en elucubraciones conspirativas —lo siento, pero me niego y me seguiré negando a llamar a
eso teorías—, las consecuencias no son tan fáciles de
comprender. El artículo plantea la posibilidad de que
haya varias consecuencias positivas; sin embargo, en
unas pocas líneas nos quita esa venda de los ojos. Y es
que cuando se trata de evaluar la relación entre los beneficios y los perjuicios, tal parece que las consecuencias negativas, tanto a nivel psicológico como social,
ganan el órdago.
La primera de las consecuencias que el artículo
cita es tal vez la más obvia. La gente que se expone a
las conspiranoias se hace más crédula. Parece obvio,
pero esto tiene un matiz interesante. Y es que, cuando comparas personas que han estado expuestas a las
argumentaciones —por muy absurdas y falaces que
sean— en torno a la gran conspiración de Neil Armstrong con personas que nunca han estado en contacto con esas ideas, resulta que hay claras diferencias
en cuanto a la capacidad de analizar críticamente esa
situación. Quienes han leído la elucubración conspirativa tiende a creer con mayor facilidad que hay una
conspiración que aquellos que no la han leído nunca.
Quizá al revisar el fenómeno terraplanista esto se
vea de forma muy evidente. Hace diez años, cualquiera que pensara que hay gente por ahí que cree que
la Tierra es plana habría dicho «imposible, no puede
haber gente tan absurdamente idiota», y sin embargo,
hoy la creencia terraplanista ya ha ocupado el nicho
ecológico que antes llenaba la homeopatía a la hora de
buscar ejemplos cuando queremos hacer la analogía
para una idea demasiado estúpida.
Quizá lo peor, y es algo que también destaca la investigadora, es que quien sufre ese cambio de actitud,
de no plantearse la existencia de conspiración alguna
a plantearse que puede haberla, no se da cuenta de que
ha sufrido ese cambio. Hay una especie de borrón y
cuenta nueva. A tal punto de que, para la víctima, la
idea de la conspiración puede ser tan obvia que llega a
pensar que los demás están locos o son estúpidos por
no darse cuenta.
Los pensamientos conspiranoicos tienen un impacto muy real en las actitudes de las personas. Según la

En ocasiones, las conspiraciones que plantean
requieren cientos, miles o millones de personas y,
por supuesto, que todas ellas funcionen de forma
coordinada sin que nadie se vaya de la lengua

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investigadora, otra de las consecuencias es la polarización extrema, tanto en general como específicamente a nivel político. Creer que hay una manipulación
electoral masiva a través del voto por correo puede
influir en los resultados de unas elecciones; si un partido político difunde ese bulo, hace a la gente que le
escucha más susceptible de creérselo. Luego, la gente
que se ha creído el bulo, que es seguidora de ese partido, evita votar por correo, para que no le manipulen su
papeleta, claro; esto hace que el voto por correo aparezca sesgado en contra de ese partido (porque nadie
que les vota lo ha hecho por correo), se convierte en
una profecía autocumplida… que a su vez, alimenta
de nuevo al monstruo del bulo. Y la teoría de la conspiración se consolida.
Por supuesto, si esa conspiración es cierta, también
debe de ser cierta esa otra según la cual el lobby gay
quiere convertir en homosexuales a nuestros hijos en
el colegio, y para evitarlo es necesario imponer un
veto parental. Y claro, la conspiración de los ecologistas sobre el cambio climático también debe de ser
cierta.
Quizá uno de los problemas más destacados sea
el social. Creer en conspiranoias afecta a la vida social de quien lo cree. Se convierte en víctima de sus
propias creencias, puede llegar a alejarse de sus seres
queridos, bien porque él mismo crea que los demás
son unos necios por no darse cuenta de lo que para
él es evidente, o bien porque estos terminen hasta los
cuernos de sus tonterías y le dejen de lado. Buscará
círculos de gente que esté de acuerdo con él, y cuando encuentre ese grupo de Telegram donde se siente
acogido, descubrirá que sus integrantes tienen muchas
otras teorías conspirativas más, cada una más loca que
la anterior. Y se las seguirá tragando, llegando con
esa presión grupal, si tiene mala suerte, a esa espiral
sectaria, pero nunca de golpe sino, como Nogueras
dice en su libro, «paso a paso». Porque la persuasión
funciona de forma gradual, no repentina. Uno no se
levanta un día creyendo que la Tierra es plana.
Los pensamientos conspiranoicos llevan no solo a
cambios en tendencias políticas, ideológicas o socia-

les, sino a negacionismos directos del conocimiento
histórico y científico. Eso puede llevar a la víctima —
porque es lo que es— a tomar decisiones inadecuadas,
por ejemplo, en cuanto a la gestión de la salud. Y que
haya gente que prefiera exponerse al riesgo de sufrir
una grave enfermedad solo para que no le inyecten
una vacuna con la cual «las fuerzas del mal quieren
controlarnos con un chis» es en realidad un problema de salud pública. Las conspiranoias pueden matar.
Y de hecho, matan. Las más de 900 personas que en
1978 bebieron el Kool-Aid lo atestiguan.
Querría concluir esta reflexión con la misma conclusión que expone Karen Douglas en su artículo:
«Las “teorías de la conspiración” están asociadas
con una variedad de consecuencias negativas para
el compromiso político, el compromiso climático, la
confianza en la ciencia, la adopción de vacunas, el
comportamiento cívico, el comportamiento relacionado con el trabajo, las relaciones intergrupales y,
más recientemente, la respuesta a la COVID-19. Un
desafío importante para los investigadores es aprender a lidiar con las teorías de la conspiración y sus
efectos adversos».
Yo seguiré luchando contra ello. Contra los charlatanes y embaucadores que difunden todos esos bulos
y la desinformación que llevan a esa conspiranoia. Y
también contra aquellos mercenarios que mancillan el
nombre de la ciencia dando alas a los charlatanes y
embaucadores.
Las conspiranoias pueden llegar a costar vidas humanas. Poca broma.
Notas:
1 Ramón Nogueras (2020) Por qué creemos en
mierdas: cómo nos engañamos a nosotros mismos.
Ed. Kailas.
2 Luis Alfonso Gámez (2015) El peligro de creer.
Ed. Léeme
3 Douglas, K. (2021). Are Conspiracy Theories
Harmless? The Spanish Journal of Psychology, 24,
E13. doi:10.1017/SJP.2021.10

Para la víctima, la idea de la conspiración
puede ser tan obvia que llega a pensar que
los demás están locos o son estúpidos por
no darse cuenta

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